
Otra vez, un hecho que es un grito. Nos sacude. Nos inquieta. Bordea el horror y precipita la incertidumbre. Un asesinato. A sangre fría. Inesperado. Conciso. Azaroso. Brutal. Incompleto, pues hubo varios fracasos. Por fortuna.
Un hecho que reniega de la simplicidad del número y del desenlace.Una muerte que no se olvida, que pervive en sus efectos, que se esculpe en la memoria colectiva. Una muerte que desvela zonas más allá de lo visible, en esas longitudes de onda que solo captan los asiduos a los márgenes de lo real.
Un hecho remiso, a más de diez años de otro similar, quizá el primero en su género, ocurrido en Isla Vista, Santa Bárbara, cerca de la Universidad de California, el 23 de mayo de 2014, cuando Elliot Rodger asesinó a seis personas e hirió a catorce. Luego se suicidó.
Dejó un largo diario-manifiesto de 137 páginas en donde relata sus frustraciones por seguir siendo virgen a los 22 años, culpando a las mujeres y a los machos alfa. Así el mexicano Lex Ashton Cañedo López, de 19 años, quien asesinó a un jovencito en el CCH Sur, intentó matar a dos personas más y trató de inmolarse. Las mismas razones del precedente. Un hecho a destiempo parecería un copycat,1 de no ser porque los atacantes comparten el resentimiento de los excluidos.
Dos episodios sangrientos, uno inspirado en el otro, en espacios educativos, por estudiantes, pero, sobre todo, por miembros de una comunidad digital, los incel (involuntary celibates), los célibes involuntarios, hombres heterosexuales incapaces de conseguir relaciones románticas o eróticas, que culpan de su situación a las mujeres, al feminismo y a la sociedad en general. Los parias del patriarcado, crispando sus violencias y sus desgracias
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